
El Cohelet, así como él se nombra, es un personaje bíblico del antiguo testamento, hijo del Rey David y quien lo precediera en el trono, reconocido por su inmensa sabiduría. Su nombre original era Salomón.
Fue el autor del Eclesiastés, uno de los más lóbregos libros de la biblia, predicaba en él un cierto tipo de pesimismo, y es allí de donde comenzamos acercarnos para la fundamentación de nuestro tema, ya que Cohelet aceptaba lo vacuo en las cosas, siendo esto quizá uno de los comienzos para lo que después dijeran Demócrito y Leucipo sobre el ser y el no-ser, o para entenderlo mejor, como lo decía Aristóteles: lo lleno y lo vació.
Esta idea sobrentiende que existe algo de absurdo o irracional en lo coherente y en lo ordenado, es decir de no poner toda la fe en una idea, ya que esta misma idea, al estar “debajo del sol”, no es perfecta ni absoluta, tiene huecos, sólo podemos encontrar algo con dichas características (de perfecto), fuera de lo terrenal. En el espíritu.
Es hora de enfocarlo a nuestra materia, en el Eclesiastés de la biblia Cohelet pone como virtud máxima a la sabiduría, si definimos dicho término como la madurez en el discernimiento entre el bien y el mal a través de reflexiones o razonamientos, es semejante entonces, a la función o algunas de las funciones de la educación, pues hacemos referencia a la integridad del hombre.
En “el canto del cohelet”, este despierta y encuentra el sentimiento de vanidad, pero también lo percibe en el astro sol, en el punto más alto que puede alcanzar a ver, es decir la sabiduría o en nuestro caso la educación:
“Fue en ese entonces que Cohelet lloró, cómo no habría de hacerlo, si fuerte no era, la única base consistente en la que su melancolía podía contenerse era en ese sol radiante, pero ahora el brillo de la estrella era opaco.”
Al notar las deficiencias originales en el campo educativo, decide regresar al mundo a indagar el por qué “la educación ha muerto”.
Antes de trasladarnos a la cuestión propuesta en el párrafo anterior es conveniente el detenernos a analizar ese “cierto pesimismo”, pues hablo de una estimación de la persona, al mismo tiempo del aprecio de su condición.
La visión actual, en referente a todo y por supuesto también a la educación, es la idea de perfección, Cohelet se da cuenta que esta idea en realidad no existe y por ende es absurdo el crearse metas, puesto que nunca se alcanzarán, es más bien perseguir una finalidad. La diferencia radicaría entre hacer algo por el querer lograr algo y hacer algo por la satisfacción de hacerlo.
Es entonces que uno se concientiza de su propia vida y puede realmente amarla, en el texto se expresa de la siguiente manera:
“Cohelet se despedía de sus esperanzas; ¡adiós, impostoras inoportunas, hubo días en las que las ame y en verdad las apreciaba! era lindo escuchar sus cantos embriagadores y dormir creyendo soñar con vosotras, despertar y sentir las ondas sonoras, con un poco de vida todavía, recorriendo mis oídos.
Sin embargo todo eso ha muerto, pero con su muerte comprendo mi resurrección”
La primera crítica es a hacia la meta del sistema educativo a través de la actitud humana, pues tomando “esta meta como finalidad”, bien podríamos decir, y con justa razón, que ya la educación no tiene un fin, como lo diría la doctora M. Casarini en cierta mesa de discusión[1], pues simplemente es absurda y no llena al espíritu de la persona.
Definamos, pues, para qué se educa hoy en día, se habla de la competitividad, ser el mejor postor en la elección del empleo, es decir se forma para trabajar, que el futuro egresado pueda rápidamente insertarse en el mundo laboral, es entonces que a pesar de que las posturas pedagógicas contemporáneas se dirijan al alumno como objeto de estudio, la relevancia es poca, puesto que se pretende obtener profesionales y no tanto seres.
Con dicha perspectiva el empleo se vuelve la vida misma, se ama al empleo pues es lo único que se tiene, por lo que se ha luchado: la meta, ¡imaginar la desolación cuando este empleo o el ser empleado se termine! La vida misma se extinguiría con ello.
O al darse cuenta que tu vida ha sido o será superflua.
Sin embargo esta idea no se manifestara, si no se ofreciera un beneficio del trabajo, aunque todavía perdura el concepto progreso, las mentes débiles adoptan efusivamente a la comodidad como forma de vida, aún rebajándose más, pues de la comodidad se exalta el egocentrismo, así descuidando las relaciones interpersonales que se encuentren ajenas al empleo y/o peor aun se pierde el sentido de responsabilidad con las demás personas.
El problema planteado no es a causa o surge del modelo por competencias, se viene presentando desde mucho tiempo atrás, sólo por hacer una pequeña comparación, con el de base por competencias, en el cual se buscaba el aumento de la producción; no es cuestión de sistemas, sino más bien de la mentalidad que se adopta.
[1] El día 8 de Oct. De 2008, en la sala de usos múltiples de posgrado de la FFyl, UANL.
Fue el autor del Eclesiastés, uno de los más lóbregos libros de la biblia, predicaba en él un cierto tipo de pesimismo, y es allí de donde comenzamos acercarnos para la fundamentación de nuestro tema, ya que Cohelet aceptaba lo vacuo en las cosas, siendo esto quizá uno de los comienzos para lo que después dijeran Demócrito y Leucipo sobre el ser y el no-ser, o para entenderlo mejor, como lo decía Aristóteles: lo lleno y lo vació.
Esta idea sobrentiende que existe algo de absurdo o irracional en lo coherente y en lo ordenado, es decir de no poner toda la fe en una idea, ya que esta misma idea, al estar “debajo del sol”, no es perfecta ni absoluta, tiene huecos, sólo podemos encontrar algo con dichas características (de perfecto), fuera de lo terrenal. En el espíritu.
Es hora de enfocarlo a nuestra materia, en el Eclesiastés de la biblia Cohelet pone como virtud máxima a la sabiduría, si definimos dicho término como la madurez en el discernimiento entre el bien y el mal a través de reflexiones o razonamientos, es semejante entonces, a la función o algunas de las funciones de la educación, pues hacemos referencia a la integridad del hombre.
En “el canto del cohelet”, este despierta y encuentra el sentimiento de vanidad, pero también lo percibe en el astro sol, en el punto más alto que puede alcanzar a ver, es decir la sabiduría o en nuestro caso la educación:
“Fue en ese entonces que Cohelet lloró, cómo no habría de hacerlo, si fuerte no era, la única base consistente en la que su melancolía podía contenerse era en ese sol radiante, pero ahora el brillo de la estrella era opaco.”
Al notar las deficiencias originales en el campo educativo, decide regresar al mundo a indagar el por qué “la educación ha muerto”.
Antes de trasladarnos a la cuestión propuesta en el párrafo anterior es conveniente el detenernos a analizar ese “cierto pesimismo”, pues hablo de una estimación de la persona, al mismo tiempo del aprecio de su condición.
La visión actual, en referente a todo y por supuesto también a la educación, es la idea de perfección, Cohelet se da cuenta que esta idea en realidad no existe y por ende es absurdo el crearse metas, puesto que nunca se alcanzarán, es más bien perseguir una finalidad. La diferencia radicaría entre hacer algo por el querer lograr algo y hacer algo por la satisfacción de hacerlo.
Es entonces que uno se concientiza de su propia vida y puede realmente amarla, en el texto se expresa de la siguiente manera:
“Cohelet se despedía de sus esperanzas; ¡adiós, impostoras inoportunas, hubo días en las que las ame y en verdad las apreciaba! era lindo escuchar sus cantos embriagadores y dormir creyendo soñar con vosotras, despertar y sentir las ondas sonoras, con un poco de vida todavía, recorriendo mis oídos.
Sin embargo todo eso ha muerto, pero con su muerte comprendo mi resurrección”
La primera crítica es a hacia la meta del sistema educativo a través de la actitud humana, pues tomando “esta meta como finalidad”, bien podríamos decir, y con justa razón, que ya la educación no tiene un fin, como lo diría la doctora M. Casarini en cierta mesa de discusión[1], pues simplemente es absurda y no llena al espíritu de la persona.
Definamos, pues, para qué se educa hoy en día, se habla de la competitividad, ser el mejor postor en la elección del empleo, es decir se forma para trabajar, que el futuro egresado pueda rápidamente insertarse en el mundo laboral, es entonces que a pesar de que las posturas pedagógicas contemporáneas se dirijan al alumno como objeto de estudio, la relevancia es poca, puesto que se pretende obtener profesionales y no tanto seres.
Con dicha perspectiva el empleo se vuelve la vida misma, se ama al empleo pues es lo único que se tiene, por lo que se ha luchado: la meta, ¡imaginar la desolación cuando este empleo o el ser empleado se termine! La vida misma se extinguiría con ello.
O al darse cuenta que tu vida ha sido o será superflua.
Sin embargo esta idea no se manifestara, si no se ofreciera un beneficio del trabajo, aunque todavía perdura el concepto progreso, las mentes débiles adoptan efusivamente a la comodidad como forma de vida, aún rebajándose más, pues de la comodidad se exalta el egocentrismo, así descuidando las relaciones interpersonales que se encuentren ajenas al empleo y/o peor aun se pierde el sentido de responsabilidad con las demás personas.
El problema planteado no es a causa o surge del modelo por competencias, se viene presentando desde mucho tiempo atrás, sólo por hacer una pequeña comparación, con el de base por competencias, en el cual se buscaba el aumento de la producción; no es cuestión de sistemas, sino más bien de la mentalidad que se adopta.
[1] El día 8 de Oct. De 2008, en la sala de usos múltiples de posgrado de la FFyl, UANL.

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